
Por: César Pérez Pinzón, escritor tolimense,
docente del programa de Arquitectura.
A través de los tiempos el hombre ha vinculado
el árbol a la vida. La Biblia lo acerca a la ciencia, al
conocimiento. El árbol se vivifica de la tierra, madre generadora
de todo principio. Ella es la abundancia, es la fertilidad. De allí
bebe el árbol su esencia. Ésta es la savia que se
trenza en laberinto de ramas salpicadas de hojas. Es la hoja el
destino final y significado del árbol. La flor es decoración
dichosa.
La tinta simboliza la comunicación humana.
¿De qué otra manera podemos saber del mundo? ¿Qué
sería de la especie humana sin ella? Estaríamos condenados
a conocer sólo nuestras limitadas experiencias y, acaso,
las de quienes nos rodean. La tinta, al volverse palabra escrita,
amplía la dimensión de nuestras experiencias, es decir,
nos hace universales. Por ella, por la tinta convertida en texto
que se dibuja en las hojas, verificamos el verdadero vínculo
con los otros miembros de nuestra especie.
Es por eso que la unión de las palabras
árbol y tinta, forma una hermandad que no excluye nada, que
hace síntesis del sueño humano de trascenderse a sí
mismo en sus escasas posibilidades. Dos palabras complementarias
que trazan el derrotero sin fin a que se puede aspirar por medio
de la razón y de la acertada aplicación de la inteligencia.
En nuestro logo destaca el caracolí, árbol
tutelar de la Universidad de Ibagué. Es vigía y protector
de los caminos, rondas y calzadas; cubre con sombra preservadora
el discurrir de nuestros pasos; expande la vitalidad de sus ramas
sobre nuestra biblioteca, asume los libros como un dilatado imperio
bajo la épica de su cuidado. Su follaje fluye nervioso por
las bifurcaciones, atajos, desviaciones y encuentros de la universidad.
Humboldt vio en el caracolí el elemento líquido, también
generador de vida, de todas las cosas, según los antiguos.
El caracolí atrae el agua, le canta para seducirla; es el
árbol de los manantiales, dice el sabio.
Los manantiales, en su proceso natural, recorren
sinuosos los múltiples recodos del árbol para infundirle
aliento desde el interior, para hacerlo abundante en corteza, para
hacerlo infinito en hojas que, bien empleadas, ejercerán
el conocimiento, acompañado de su cómplice feliz:
la comunicación.
En busca de nombre propio…
Por: Fadhia Sánchez Marroquín,
directora “Árbol del tinta”.
“Comuniquémonos y compartamos cuanto
hacemos, sabemos, pensamos y aspiramos. Deliberemos y reflexionemos
sobre cuanto nos gusta y nos disgusta; sobre las facilidades y dificultades,
y busquemos conjuntamente las soluciones a los problemas…
Todo esto y otras cosas que consideremos pertinentes, queremos propiciar
en este Boletín Informativo…Para definir el nombre
del Boletín, se abre desde ya un concurso al que invitamos
a todos a participar, así que esperamos sugerencias por escrito…”
Estos son apartes de la primera Nota Editorial
de una publicación que salió a la luz pública
en Coruniversitaria, en abril de 1986, y que pretendía ser
el principal medio de comunicación institucional.
Aunque nació sin nombre, este hijo de
nuestra Universidad prontamente obtuvo reconocimiento dentro de
la comunidad universitaria y, poco a poco, fue definiendo sus características
más significativas: un órgano institucional serio,
sencillo en su diseño y diagramación, austero en el
presupuesto y formal en los contenidos. Con estos rasgos, se distribuía
un Boletín en formato media carta, impreso a un solo color,
cuyos textos eran escritos a máquina y estaban acompañados
de ilustraciones hechas a mano, pues aún no se incluían
fotografías, y donde se informaba sobre los hechos más
relevantes de nuestro acontecer.
Así, el Boletín fue creciendo y,
en ausencia de nombre propio, decidió adoptar el del género
periodístico que lo cobijaba; es decir, el de una publicación
corporativa que comunica sobre el acontecer de la institución
a la cual pertenece, y de ahí su denominación durante
muchos años de “Boletín Informativo de Coruniversitaria”.
Aunque seguía sin ser bautizado, con el
transcurrir de los años el Boletín fue consolidando
su personalidad. Se hicieron modificaciones en su presentación
y entonces se pasó a formato tabloide; la información
se redactó de manera más noticiosa, se amplió
el registro fotográfico, se introdujo color y el diseño
se volvió más ágil, acorde con los nuevos tiempos.
En cuanto al nombre… pese a que en varias
oportunidades se abrieron nuevos concursos y nuevas convocatorias…
seguíamos llamándolo igual: El Boletín de Coruniversitaria.
Sin embargo, en el umbral de sus primeros 20
años de vida, cuando deja la adolescencia y se prepara para
la etapa de su adultez, y en el marco de la conmemoración
de los 25 años de la Institución que le dio vida,
decidimos arriesgarnos y, por fin, bautizar formalmente a nuestro
periódico institucional.
Sabíamos que el reto era grande pues no
es fácil asignar un nombre que agrade a todos por igual y
además, posicionar uno nuevo que reemplace aquel que, por
costumbre, todos terminamos aceptando. Pero aún así
decidimos arriesgarnos y emprender la tarea. Fue así como
insistimos al comité editorial asumir esta labor. Como resultado
de este ejercicio, tras varias propuestas y luego de ponerlo en
consideración de las directivas de la Universidad, quedó
por fin asignado el nombre definitivo: “Árbol de tinta”.
Sin duda es un nombre original
y con personalidad, tal como lo es nuestra publicación. Sabemos
que por ser público generará controversia entre quienes
se identifiquen con él y aplaudan nuestra iniciativa, y quienes
opinen que no es de su agrado. Pero lo importante, es que lo hemos
logrado y hoy tras 20 años de existencia, nuestro periódico
institucional por fin tiene nombre propio, tal y como cada uno de
nosotros.
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